Visitando a la abuela que olvidó su nombre

abuela

Visitando a una paciente en su domicilio azotada por una senil enfermedad.
Una mujer que olvidó el porqué de los botones de las camisas, del nombre de sus nietos y del sabor de su comida favorita.
Atrás quedaron sus más de treinta años trabajando entre fogones para ahora no recordar como se fríe un huevo.
Una piel arrugada y seca revisten unos osteoporóticos huesos sentados a un sillón. Mirada profunda de unos infinitos ojos negros me penetran sin gesticulación alguna.
Sus hijas la acompañan a diario a pesar de que ella no recuerda haberlas criado.
Somnolientos días que se disfrazan de noche, y agitadas noches que anhelan ser días.
Familiares agotados y un cuerpo empeñado en ir a menos. Ultimamente su boca se niega a recibir alimentos.
Su casa está llena de recuerdos acariciados por el polvo de las estanterías. La foto de su boda preside el salón. Su marido la dejó hace ya algunas lunas, pero ella y su romántica amnesia siguen gritando su nombre en la madrugada.
Estos últimos días fue enmudeciendo su boca y lentamente anclando su cuerpo a una cama.
Un sedentarismo que la hacen vulnerable y una vida con fecha de caducidad que se aproxima.
Intento resolver los interrogantes de la familia, aparco un rato la ciencia y hablo solo como un ser humano.
Me muerdo la lengua y encarcelo mi lado más villano, ese que me repite lo que yo haría si fuera un familiar mío en sus últimos días.
Suena el móvil, nos avisan porque otro paciente entrado en años precisa nuestra ayuda.
Me despido esta vez sin intentar sacar una sonrisa como suele ser mi norma.
La paciente me vuelve a clavar su mirada y yo simplemente a cuestionarme la vida.

{continuará en el libro Con Tinta de Médico, reflexiones de un médico de urgencias adicto a la noche}

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