La sonrisa el mejor antidepresivo

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No necesitaba visitar a su médico todos los días, no se sentía más segura con la despensa llena de medicamentos. Sus arrugas son parte de su vida, mejor no sugerirle algo de botox. La artrosis de sus huesos todavía la levantan puntualmente a las 6 de la mañana, no precisa enriquecer a ningún laboratorio con un protector del cartílago, acepta su edad.
Sus solitarios dientes aguantan las comidas, sus deshidratadas manos absorberían gustosamente litros de crema. Sin evidencia de actividades preventivas por su cuerpo. No conoce ningún antidepresivo, aquí los sentimientos no se medicalizan. La vida aquí pasa muy rápida y hay que vivirla.
Los números de la tensión arterial no le importan, sólo los que tiene que sumar para terminar el mes.
El centro de salud queda muy lejos, y las citas no se pueden pedir por internet.
No sé si en un mundo desarrollado viviría más años o tendría mejor calidad de vida, lo único que sé, es que a pesar de lo poco que tiene, una sonrisa dibuja su cara al saborear una simple ensalada de frutas.
Ella debe aprender de nosotros o nosotros aprender de ella.

Hasta pronto Bolivia, terminó mi viaje, ya regresa Con Tinta de Médico.

J.M. Salas

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