Médicos de altura

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Su piel está teñida por la altura, sus manos rotas por el frío. Vive donde ejerce, entre cuatro paredes en medio del altiplano de Los Andes. Recursos limitados, necesidades múltiples. Pero sabe que su sola presencia puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
No piensa en tener un chalet con piscina, ni un buen coche, ni una clínica privada cual fábrica de moneda nacional, él sólo quiere ser médico y ayudar a su pueblo.
Se levanta antes que amanezca, mantas de escarcha lo abrigan, el agua caliente brilla por su ausencia y un oscuro café con un pedazo de pan se convierte en la gasolina que necesita para arrancar su día. Y es que tiene que ir a visitar a sus pacientes, pocos son los que vendrán a verlo si él no se gana su confianza previamente. No le pagan por cartilla, ni tiene un plus por visitas a domicilio, es su obligación y lo hace encantado. Siempre quiso ser médico y la salud no conoce complementos de destino.
Su maletín no es de cuero, pero tiene lo que necesita, un fonendo sin nombre extranjero, una linterna ausente de publicidad, medicamentos esenciales de esos que olvidaron mencionar los representantes y algunas gasas caducadas pero que le sirven para hacer sus curas.
Toca puertas con ladridos por timbre, entra en muchos hogares y no pierde ni una sola oportunidad para realizar educación y promoción de la salud. Y es que en estas latitudes, donde los niños mueren deshidratados por una diarrea, no se puede permitir guardar un consejo. Tal vez a ningún laboratorio le interesen sus tratamientos a base de suero para rehidratación oral casero y recomendaciones alimentarias, no necesita más. Y es que hay quien se obsesiona por medicalizar una diarrea pasajera viendo virtudes en estudios de dudosa procedencia, que a veces no son tan inocuos como el agua azucarada disfrazada de homeopatía, y que pueden complicarte un proceso autolimitado.
La administración no le persigue, no ficha por las mañanas, tampoco calienta asientos en los bares cuando los pacientes hacen cola.
Su jornada nunca termina camuflada a las 13:30, él es médico 24 horas. Los partos a medianoche son su orgulloso insomnio, nadie le despierta por una insignificante molestia.
Tal vez nunca tenga su nombre en un póster, ni el 0,25 de un punto por aparecer como extra en un estudio. Pero él está orgulloso haciendo lo que hace, y aunque no niega que le encantaría trabajar en mejores condiciones no duda ni un segundo en que la población lo necesita, y él en ocasiones, sigue siendo la diferencia entre la vida y la muerte.
Yo, envidio su compromiso ¿y tú?

[Continuará en el libro Con Tinta de Médico, reflexiones de un Médico de Urgencias adicto a la noche, Viaje a Bolivia capítulo 2]

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El mal de las alturas

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Este post de domingo lo escribo a 3.700 metros de altura sobre el nivel del mar en la ciudad de La Paz, Bolivia. Un país en el corazón de Sudamérica que merece la pena descubrir.
La ciudad se recorre a pie, compartiendo experiencias con su gente. Estar tan cerca del cielo, hace que el sol acaricie intensamente tu piel durante el día, coloreando tus mejillas y regalándote una molesta sequía de mucosas y epidermis.
Las primeras 48 horas sufrirás de una u otra manera el mal de las alturas. Y no hablo de la enfermedad que presentan algunos directivos de las Gerencias de Salud que pueden perder el contacto con la realidad cuando ocupan un cargo, ni de lo que cuesta en algunas ocasiones bajar a un médico de su silla para que visite a sus pacientes, hablo de una enfermedad causada por ascender por encima de los 2.400 metros, donde una reducción de la presión atmosférica de oxígeno, provoca una disminución en la biodisponibilidad del oxígeno, que acarrea unas consecuencias en tu organismo.
Los síntomas son variados igual que su intensidad, pueden ir desde una simple cefalea, naúseas, vómitos, insomnio, astenia (cansancio) , disnea (sensación de ahogo) hasta provocarte una edema agudo de pulmón y/o edema cerebral de altitud.
Por suerte, la mayoría de las veces suelen ser síntomas leves que mejoran tras las primeras 48 horas.
Mis recomendaciones son que te tomes con calma este proceso de aclimatación, descansa, no hagas grandes esfuerzos físicos, duerme, hidrátate, come alimentos de fácil digestión y si todo eso no resulta suficiente, entonces puedes consumir un mate de coca como los autóctonos (la coca no es cocaína) o tomar las conocidas Sorojchi Pills (pidoras para el mal de las alturas), que son una mezcla de aspirina, salofeno y cafeína.
Ya sabéis lo que se dice, en casa del herrero cucharón de palo, así que mejor no os cuento todo lo que hice y comí este primer día.
No es la primera vez que vengo a La Paz, aunque he de admitir que esta oportunidad es diferente, da igual lo que haya puesto dentro de mi maleta, tengo la sensación de que estoy vacío, de que me falta alguien. Y es que en esta ciudad se puede estar a milímetros de distancia del cielo pero a kilómetros de distancia de un corazón.

{Viaje a Bolivia, capítulo 1, reflexiones Con Tinta de Médico}