Habitaciones que nunca cambian, pacientes que nunca mejoran

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Después de más de dos años el 112 me envía a un aviso al mismo lugar. El tiempo no se detuvo, yo ya no soy el de antes, acogí con resignación algunas canas en mi cabeza, gané experiencia y desempolvé al diablo que dormía en mi interior. Mi equipo cambió pero la calle del aviso sigue siendo la misma y aquel pueblo de Ricote también.
Adoquines que suben, grietas en los muros y unas flores violetas que marcan nuestro destino.
Padre e hijo nos reciben como si fuera ayer, sus formas grises de vestir no se han actualizado, sus toscas palabras tampoco. A la izquierda se encuentra en una habitación nuestra paciente, la protagonista de la historia.
La recordaba igual que la encontré. En una cama aprovechando la esquina, con kilos de más que lastran su deambulación y una piel transparente con fragilidad capilar gracias a ese original cóctel de edad y acenocumarol.
Su peculiar forma de hablar persiste, palabras que se amontonan en su boca, expulsadas a un ritmo vertiginoso capaces de colapsar un pensamiento.
Los comprimidos siguen desordenados sobre la mesa y aquella mancha continúa presidiendo la pared.
Es curioso, las imágenes religiosas se han multiplicado, tal vez presagio de un destino cada vez más cercano.
Pero da igual cual sea el motivo de consulta, las lágrimas no pueden faltar durante la visita ni las quejas sobre su desafortunado presente tampoco.
El tiempo pasó, pero los lamentos se repiten y me temo que esa mancha sigue y seguirá presidiendo su pared.
Hoy no precisa traslado al hospital, ni ella, ni yo, ni sus constantes vitales estamos por la labor.
Me despido no se hasta cuando y su persona me inspira una reflexión, tal vez no podamos decidir como ni cuando morir, pero seguro que si, el como tenemos que vivir. Y da igual lo que hagamos siempre habrá habitaciones que nunca cambian y pacientes que nunca mejoran.

Este post va dedicado para aquellos que viven días grises con cielos nublados. Si no puedes cambiar tus condiciones meteorológicas, tal vez puedas cambiar de ciudad, ¿no crees?

{continuará en el libro Con Tinta de Médico, reflexiones de un médico de urgencias adicto a la noche}

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