Pies de plomo, corazón de hierro.

Su padre murió sin que su doctora se dignara a visitarlo. Le trataba a distancia. Como el mando de la tele. No era su obligación les repetía. Cual sería la pericia de esta doctora que auscultaba los pulmones de sus pacientes encamados desde el plácido sillón de su consulta. Cuando visité a su madre durante mi guardia, la historia volvió a repetirse con ella. La familia me trasladó las quejas. Su médica de familia les exhortaba que no era su obligación visitarla. Ese día yo la tuve que ver dos veces, no hubo tercera, la remití al hospital. A la mañana siguiente murió.
Cuando me enteré, pensé que tal vez se me escapó algo, analicé el caso y concluí que mi actuación fue la correcta.
Unos días después la familia de la paciente sorpresivamente me agradeció mi atención. Su madre estaba muerta, pero ellos sintieron que aunque ella se marchó, alguien en un momento determinado se preocupó por ella. A alguien le importó su sufrimiento.

Cada día los pacientes y sus familiares nos regalan lecciones que no se enseñan en los libros. Que pena que no todos tengamos la misma capacidad para aprenderlas.

Dedicado a una doctora, con pies de plomo y corazón de hierro.

Este post tal vez aparezca en el libro Con Tinta de Médico, diario de un Médico de Urgencias adicto a la noche.

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