Veranos que terminan, vidas que se apagan

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Estábamos de vuelta de vacaciones, aterrizados otra vez en el servicio de urgencias extrahospitalarias. Intentábamos asimilar el protocolo de actuación ante un posible caso de Ébola, pero una llamada del 112 nos trajo de regreso a nuestra realidad. Un probable atragantamiento a domicilio.
Luces, sirenas y tres chalecos amarillos con brazos de verano ponen rumbo a un nuevo aviso. Atrás dejamos las tardes de siesta, playa y mojitos, ahora tocaba de nuevo carretera y pitos.
Al llegar al domicilio, llantos y gritos nos dan la bienvenida, cánticos de sobra conocidos, presagio de un fatal y trágico desenlace ya vivido.
91 años de pañales, piel blanca y huesos descansan sobre una silla. Un corazón parado más de diez minutos con una situación basal que suplica un descanso merecido.
Pupilas como platos, piel como hielo y un miocardio sin crédito de reanimación alguna. Un “No debemos actuar” ronda nuestra mente. Pero sabemos que la galería espera, y en ocasiones todo equipo de urgencias está obligado a rendirles tributo. Iniciamos masaje, monitorizamos sin descarga aconsejada y ventilamos. Después de un tiempo prudente, el silencio se adueña de los espacios, y un “lo siento, ha fallecido” levanta el botón de pausa del concierto a gritos. Una lluvia de lágrimas brotan de su compañera de camino, y las fotos de los retratos nos desvelan su amor vivido. Familiares y vecinos invaden pronto aquel iluminado pasillo. Nuestro trabajo aquí, ya está cumplido.
Sé que con los años en urgencias, ganamos experiencia y perdemos emociones. Es hora de irnos, seguramente otro aviso ya nos espera. Por petición del público, pronuncio las populares, clásicas y quien sabe si reconfortantes palabras de “fue rápido, no sufrió nada”, y me despido. Esta vez, no me pongo las gafas de sol, bajo la guardia y rompo las reglas. Cierro con dos besos y una caricia en la mejilla este fatídico aviso. Y la anciana me regala un gratificante suspiro.
Ya en la ambulancia rápidamente cambiamos de asunto, es parte de nuestro trabajo. Una persona se ha ido, pero ahora debemos concentrarnos en los que siguen vivos. El sol comienza a caer, y el atardecer me recuerda aquellos días de verano ya vividos.
Veranos que terminan y vidas que se apagan.

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